Streaming y práctica pirata: ¿amenaza para quién?

“En esta vía criminal, nosotros tenemos el tiempo; no hay nada que nos empuje a buscar el enfrentamiento directo. Esto incluso sería dar una prueba de debilidad. Sin embargo, los asaltos serán lanzados, e importarán menos por sí mismos que por la posición desde la cual sean acometidos, pues nuestros embates socavan las fuerzas del Imperio, pero nuestra posición socava su estrategia. Así, cuanto más crea aquél acumular victorias, tanto más profundamente se hundirá en la derrota y tanto más irremediable será ésta.”

Tiqqun – Primeros materiales para una teoría de la Jovencita 

La vieja práctica ochentosa y middlenoventosa de confeccionar mixtapes o compilados  -tan habitual durante la infancia y adolescencia de los que hoy somos +30, decayó, obviamente, con la irrupción del CD y toda su parafernalia de bandejas e imposibilidad de grabar en casa.

Pensando en voz alta: el cassette ofrecía un material mucho más trabajable, había una cinta visible donde la cosa se grababa, en el equipo había botones que hacían ruido y que daban señales claras de lo que ocurría. El rebobinado y el stop tenían sonidos inconfundibles.

mixtape

Jonathan Byers le arma un mixtape a su hermanito Will en Stranger Things

Durante los breves años del reinado del CD –aquellos en los que todavía no todo el mundo tenía una PC con CD ROM- los fans del DIY caímos en una especie de edad media de la divulgación (éramos chicos y no teníamos dinero propio para invertir en tecnología, además) hasta que comenzaron a popularizarse los archivos en .mp3.  El mp3, de clarísimo adn digital, permitía sin embargo unas triquiñuelas manuales para copiar, cortar y pegar, para hacer megacompilados de cosas en poco espacio. El mp3 nació guiñándole un ojo a la piratería y surgieron así los famosos “lo mejor de los 70, los 80 y los 90”, esos CDs que te vendían en el tren con más de 100 temas.  Este clima de profusión convivió con la expansión del maravilloso Ares, que hoy, a la distancia, me parece una especie de eslabón perdido entre la cultura del download y los universos del streaming y del torrent.

La industria, cauta pero firme, fue intentando torcer el desarrollo de todas estas tecnologías a lo largo de los años, estimulando formas que se correspondieran con el sistema de propiedad privada capitalista y  desalentando todas aquellas  que dejaran escapar algo.

Este rumbo, creo, no estuvo marcado tanto por una determinación categórica sino por un conjunto de herramientas o disparos a mansalva: sentencias judiciales, nuevas leyes, alianzas y adquisiciones de empresas por otras, como la histórica compra de YouTube por parte  de Google en 2006. Con el desarrollo del negocio de YouTube, tomó cada vez más fuerza la antipática figura del fair use dentro de las normas de YouTube. El fair use reglamenta puntualmente qué es creación, qué es interpretación y qué es copia, y legisla dentro del entorno de YouTube (que está apoyado a su vez en las leyes norteamericanas) sobre a quién le corresponden los ingresos generados por un video.  Además de ESTO, un escollo sin dudas desde el punto de vista de cualquier activista que sueñe con una circulación más libre de los contenidos.

Primer video subido a YouTube: “Me at the Zoo”

Y al fin, lo que sigue: algún capo en un garage inventa los servicios de streaming aggiornando con muchas ganas elementos que ya existían, como los mecanismos del torrent, del ya mencionado Ares e inclusive de la vieja música funcional.

Con el surgimiento fuertísimo de este tipo de empresas por un lado algunos nos pusimos contentos debido a cierta sacudida innegable que esto supondría para industrias históricamente percibidas como “hegemónicas” como la televisión o la discográfica. Por otro lado, vimos alejarse la chance de intervenir (de bajar, de descargar, etc.) contenidos de la forma que quisiéramos, porque el streaming no lo permite.

Y, claro, allá estaba una vez más la tecnología expandiéndose como un virus, desarrollando apps y páginas que dependiendo del país podrían no ser del todo legales, raising again. Sobre todo, abriéndole la puerta a todos aquellos que quieran bajar lo que sea y disponer de sus descargas, que es lo que realmente molesta, me parece. La libre disposición.

En una completa nota publicada por el Wall Street Journal el último 12 de septiembre, se indica que en una encuesta sobre piratería,  el 73% de los que admitieron haber bajado ilegalmente contenidos de Internet no piensa que sea algo malo.

Y es que, francamente…

Si el downoading de música, series, películas, etc. es además de un delito realmente una amenaza, habría que preguntarse lo de siempre: una amenaza, ¿para quiénes?… La industria del entretenimiento va a reaccionar como siempre, con sus acuerdos, sus leyes y sus dispositivos. Surgirán nuevos pay per view, nuevos YouTube influirán cada vez más en las legislaciones sobre derechos digitales de propiedad mientras otros derechos mucho más sustanciales como el derecho a la privacidad y al anonimato permanecerán relegados o al menos tendrán siempre una presencia mucho menor en los medios y en los debates políticos.

Pero el espíritu de curaduría, de lo que hoy llamamos curaduría, persiste un poco en estas prácticas piratas. Sea a través de apps o de páginas facilitadoras, la idea misma del social sharing encuentra su fuente de energía vital en la voluntad de curar, tal vez de dar a conocer nuestros consumos culturales, de intervenir, de apropiarnos y reinterpretar lo que consumimos.

Sin embargo, no quiero homologar la práctica pirata con ningún tipo de práctica artística: el arte es un lenguaje distinto y la piratería es una avivada.

Lo que existe y es hermoso, es esto: hay una chispa que no se apaga en ese ver la oportunidad.

Creo que son más bien esas ganas colectivas y anónimas al mismo tiempo de entrar en ese pasillito oscuro y atractivo que siempre deja el mostro das kapital cuando inventa algo nuevo. Esas ganas de hacer un poco de historia, tal vez.

Queda la pregunta por el “desborde”de esa tecnología hacia sectores que apropiándose de esas técnicas, encuentran en la práctica pirata una forma de vida o incluso una forma de consumo que no se cuestionan. También, es interesante analizar la apropiación por parte de los sectores más “hegemónicos” de las industrias de algunas de las estrategias creativas del público, lejos de la prensa tradicional: influencers, tutoriales, reviews.

Una satisfacción muy bricolage y difícil de eludir: haberle ganado a alguien o a algo (¿a la época de la reproductibilidad técnica, por ahí?) en su propio terreno  y con sus propias armas.

3 Comments

  1. Los artistas son los que han perdido con todo esto. Los músicos, los compositores, lejos. Qué porcentaje de ellos vive de lo que hace? Quizá haya quedado en un sueño para muchos que se concreta para los que tienen algún apoyo de quienes tienen algún interés en difundir eso, por diversos motivos que no viene al caso ahora ahondar.
    Saludos!

    1. Es cierto. Pero teniendo en cuenta que la tecnología ya está disponible, ahora queda usarla para pensar nuevas formas de circulación y producción 😉

      1. Si. Es tan largo lo que se puede hablar al respecto que conduce al divague.
        Sólo dejame decir que, a mi parecer, el tema no pasa tanto por el uso de la tecnología sino por lo que la sociedad ( fogoneada desde arriba ) valora lo artístico, que es cada vez más alejado, tanto material como espiritualmente, y se termina consumiendo, muchas veces, lo más bajo.
        Saludos.

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